Sin duda, los resultados del reciente informe de competitividad publicado por la revista The Economist para un grupo de 120 ciudades en el planeta, que en conjunto representan cerca del 30% de la economía mundial y cuentan con una población de 750 millones de habitantes; dejan bien posicionada a nuestra ciudad, máxime si se tiene en cuenta que hace casi una década Medellín era considerada una de las cuatro ciudades más inseguras del mundo. Estar en este ranking, así sea en el puesto 96 del total o de 10 en la región, de seguro será importante por la información que se desprende para empresas multinacionales, inversionistas y turistas que ven en Medellín un destino rentable para sus inversiones.

Según se desprende del informe, si queremos mejorar de ubicación, se deberá trabajar en temas asociados con lograr una mayor madurez financiera y cómo hacer más atractiva globalmente a la ciudad. Sin embargo, pese a lo anterior, el asunto de la competitividad de la ciudad va más allá y trasciende la frontera de lo financiero y los atractivos que pueda tener la ciudad bien sean por algunos sitios de interés turístico, por los eventos que organiza o por cosas parecidas.

En este sentido, diferentes teorías han abordado el asunto de la competitividad de las ciudades desde una perspectiva que involucra una visión más integral dejando como punto de referencia el concepto de territorialidad. De acuerdo con el articulo Saldarriaga Roa (2000) titulado “Territorialidad, Regiones y Ciudades”, la realidad del país desde su territorialidad debe tener como principales ejes de análisis elementos como la geografía y el poblamiento, la política, las redes de infraestructura y comunicación, las redes de actividad económica, las redes y regiones culturales, las redes y estructuras urbanas y plantea la necesidad de repensar el país en aspectos políticos, económicos, culturales, de territorialidad y estructuras urbanas, principalmente por el conflicto interno y por la inserción de Colombia en el proceso de globalización.

Un ejemplo de lo anterior, lo constituye el hecho de que a pesar de los progresos en materia institucional, todavía nos hace falta avanzar en la construcción de verdaderas redes de trabajo que integren de manera ordenada y técnica, sin politiquería, a los actores gubernamentales, económicos, sociales, educativos y políticos en el ámbito local, en función de que puedan cumplir un papel importante y eficiente para movilizar o atraer la inversión, generar servicios avanzados, proveer mano de obra cualificada, obtener fondos públicos y privados, y propiciar el desarrollo de sectores intensivos en mano de obra, entre otros aspectos.

De otro lado, el enfoque de la territorialidad deberá complementarse con la necesidad de seguir consolidando el proceso a través del cual la educación es hoy, uno de los principales motores del crecimiento económico y la calidad de vida en las regiones. Esto será fundamental si queremos una ciudad, no sólo más competitiva, sino también más incluyente y con unas mejores condiciones de vida para todos sus habitantes.